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Pequeñas F(r)icciones: Dina, ¿Y Tú Qué Planes?


La vida es, además de muchas otras cosas, una suma de hechos, una acumulación de sucesos, una inacabable concatenación de eventos de relativa, inesperada y, a veces, improbable importancia. Sin embargo, de cuando en vez, algunos de ellos adquieren inobjetable relevancia, alcanzan alturas de vértigo y se convierten en auténticos momentos bisagra, verdaderos parteaguas de nuestros días. A saber: la reforma agraria de Juan Velasco, el regreso a la democracia con Fernando Belaunde, el primer gobierno de Alan García, la captura de Abimael Guzmán, la caída del régimen de Alberto Fujimori, la aparición del caso Lava Jato, por mencionar algunos. Sin duda, la próxima presentación y puesta en ejecución del ‘Plan Boluarte’, el golpe mortal contra la delincuencia, formará, por méritos propios, parte de esta galería de acontecimientos notables, otro hito en la línea de tiempo de nuestra historia.

Y, valgan verdades, el ‘Plan Boluarte’ no pudo haber llegado en un momento más oportuno. Precisamente en el momento más oscuro de nuestra inseguridad ciudadana, cuando ya parecía que la delincuencia estaba por derrocar nuestro orden interno, en buena cuenta, justo en la hora nona, el Ejecutivo, contra todo pronóstico, cobija y protege a su país. En consecuencia, y dejando de lado cualquier simpatía ideológica o política por el Gobierno, y sin que ello signifique dejar de criticarlo en otros ámbitos, corresponde un agradecimiento sincero, de corazón, sin ambages, sin reparos y sin demora.

A Dina lo que es de Dina. Mientras gran parte de las opiniones en los medios criticaban al Gobierno por no tener una guía clara contra la delincuencia, cuando el sentido común decía que si el Ejecutivo había puesto al “Plan Bukele” en la agenda era solo para distraer la atención de la opinión pública, el premier Alberto Otárola anunció, con la gravedad debida, que el Gobierno lanzará en los próximos días el denominado ‘Plan Boluarte’.

Los pormenores previos a la presentación del plan y el documento mismo, a continuación:

Eran las cinco de la tarde. En Palacio de Gobierno, en pleno despacho presidencial se encontraban a solas Dina Boluarte, la presidenta del Perú y el primer ministro Alberto Otárola. La mirada de Boluarte parecía haberse congelado. Frente a ella, reposando en sus manos, un papel huérfano parecía flotar sobre el escritorio: era el plan contra la inseguridad ciudadana que acababa de llevarle el premier, que estaba sentado, con los ojos fijos, atentos a cualquier reacción.

—¿Y, señora presidenta? —intervino Otárola— ¿Qué me dice? ¿Le gustó?

Boluarte volvió a mover la vista y la dirigió al premier.

—¿Solo son cuatro puntos?

—En realidad, son cuatro líneas maestras. Lo que le he mostrado es el resumen ejecutivo. Lo demás son detalles técnicos.

—¿Y con las facultades legislativas podemos hacer todo lo que dice el plan?

—Claro —responde Otárola—, podemos hacer eso y mucho más.

Una sonrisa aparece en el rostro de Boluarte, pero con mucha dificultad, como si fuera una grieta que lacera el concreto.

—Me gusta el plan —dijo la presidenta—. ¿Qué sigue entonces?

—Bueno, estamos viendo las leyes que tenemos que sacar para darle el respaldo jurídico necesario al plan.

—Por fin, van a dejar de compararme con ese tal Bukele y con su plan.

—Bien, estamos encaminados.

—¿Encaminados hacia dónde? —preguntó Boluarte.

Otárola dio un suspiro y, sin apartar la vista de la presidenta, respondió.

—Esa es una buena pregunta.

EL PLAN

1. Es vital darle confianza y responsabilidad a la Policía Nacional. En consecuencia, cada efectivo policial tendrá bajo su permanente vigilancia y cuidado a un solo y particular delincuente. De esta manera, cada policía se hace responsable de todo lo que este haga o deje de hacer. El efectivo policial ascenderá en el escalafón a medida que el delincuente a su cargo descienda en el ranking delictivo, y viceversa. En caso haya más delincuentes que policías, se les asignará uno adicional y así hasta que todos los delincuentes queden cubiertos. Ahora, si existe sobreoferta de policías, se importará la cantidad necesaria de delincuentes para compensar dicha disparidad.

2. A fin de ahorrarse la pérdida de tiempo —y de dinero— que implica el trabajo de la Fiscalía y el Poder Judicial, dichas funciones pasarán a ser parte del rol policial. Por tanto, el policía no solo puede —y tiene— que detener a quien le parezca sospechoso, sino también, debe, sin pérdida de tiempo, internarlo en algún centro penitenciario. Si durante la permanencia en su celda, el reo muestra algún tipo de rebeldía —como quejarse porque solo se le da un pan al día— le reduciremos la alimentación hasta que ya no se queje, es decir, hasta que ya no pueda quejarse.

3. El sistema de recompensas será modificado para la obtención de mejores y más concretos resultados. En este sentido, en lugar de que la Policía recompense a los ciudadanos que den información para lograr la ubicación y captura de los delincuentes, como ocurre hoy, el dinero será ofrecido directamente a los que se encuentren con requisitoria. Ello a fin de que los delincuentes se entreguen en forma voluntaria en la comisaría más cercana. El dinero de la recompensa se les entregará —en una breve ceremonia— apenas sean apresados y, desde luego, se les quitará —sin ceremonia alguna— ni bien se les lleve al centro penitenciario que les corresponda. Si el delincuente encuentra este hecho injusto y desmedido tiene el derecho de presentar su queja en el “Libro de Reclamaciones”. Se le sugiere hacerlo rápidamente. De preferencia, antes de que la policía lo incinere (al libro, se entiende).

4. Como parte final de este plan, se construirá cárceles de tamaño industrial en todo el país. De ser necesario, por ejemplo, Lima podría volver a amurallarse y confinar adentro a los delincuentes (o, si el plan no funciona, confinarnos, por seguridad, nosotros mismos). En cualquier caso, los penales ya no buscarán más la resocialización del interno. No entraremos en detalles sobre cuántos reos volverán al seno de la sociedad, pero la primera megacárcel que se construirá lleva el nombre tentativo de Centro Penitenciario “Jardines de la Paz”.

En una época, aludiendo a la trascendencia del hecho, una pregunta habitual entre los estadounidenses era: ¿Dónde estaba usted cuando se enteró de la muerte de John F. Kennedy? Así que, manténgase atento a la prensa, a las noticias, a las redes sociales. De aquí a unos años, le preguntarán: ¿Dónde estaba usted cuando se lanzó el ‘Plan Boluarte’? Si la respuesta es: “Justo me estaban asaltando”, mejor absténgase de responder. No queremos gente negativa.

Fuente: Peru21

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